Afschines Latifi, escritora y abogada iraní
Imma SANCHÍS l Barcelona
Tengo 36 años. Nací en Teherán y vivo en Nueva York. Estoy soltera y no tengo hijos. Estoy licenciada en Ciencias Políticas, Derecho y Lenguas Germánicas. Es imprescindible la separación entre el poder del Estado y el poder religioso. En mi país, las mujeres son tratadas como ciudadanas de segunda categoría. Creo en Dios.
-¿Cuál es su pesadilla?
-Me persigue el recuerdo de la última vez que vi a mi padre. Fue en una prisión de Irán, dos meses antes de que lo ejecutaran a tiros en el tejado de la cárcel.
-¿Su padre era un hombre del Sha?
-Sí, el coronel Latifi. Fue detenido en 1979. Mi madre lo buscó por todas las cárceles del país, los soldados se mofaban de ella: "Quizá esté vivo, quizá no", le decían. Era una mujer sola de 34 años con cuatro hijos en una sociedad absolutamente machista.
-¿Qué recuerda de aquel último encuentro con su padre?
-Tenía 10 años; quería tocarlo a través de los barrotes y el celador me dio permiso, pero estaba prohibido hablar. Le dije a mi padre que lo quería y me apartaron de él. Le acusaron de haber matado a una persona en la ciudad un día en que él estaba ingresado en un hospital de otra población.
-¿Pudieron demostrarlo?
-Sí, mi madre presentó la documentación que lo confirmaba, pero el director de la prisión rompió los documentos. La noche anterior a su ejecución mi madre nos metió a todos en el coche en pijama y nos llevó hasta la casa de Jomeiny. Quería pedirle que intercediera, pero ni siquiera la dejaron entrar. Veinte meses después mi madre consiguió que mi hermana de 11 años y yo saliéramos del país.
-¿Adónde fueron?
-A un internado católico en Austria. No encajaba en aquella sociedad, me sentía sola. Mi madre nos había dado todo el dinero que tenía para nuestra educación porque no sabía cuándo podría volver a vernos. Conseguir visados era casi un milagro y los pasaportes estaban confiscados.
-¿Guardaron el dinero?
-No, nos lo gastamos todo en pocos meses, dilapidamos 15.000 dólares en ropa cara, zapatos y caprichos. Queríamos ser como las demás niñas ricas que había en el colegio.
-¿Qué fue de su madre?
-Era maestra y se quedó en Irán con mis dos hermanos pequeños. Vivió la guerra contra Iraq y una dura represión, sobre todo con las mujeres. Nos sacó rápidamente del país cuando un pariente le comunicó sus intenciones de casarse con mi hermana de 11 años.
-¿Cómo le sentó su despilfarro?
-Desesperó. Tuvimos que abandonar el internado, no podíamos pagarlo. Y nos fuimos a vivir a casa de mis tíos en Virginia, donde podíamos acudir a una escuela gratuita.
-¿Cómo se sintió en América?
-Llegué con 12 años, todo me pareció enorme y extraño. Yo creía que Mickey Mouse era omnipresente, fue una gran decepción no encontrármelo. Estaba triste y cansada.
-¿Qué es lo que le pesaba tanto?
-El esfuerzo por adaptarme a lenguas y culturas muy diferentes. Nuestro tío y su mujer fueron crueles con nosotras: nos alimentaban lo mínimo y cuando se iban de viaje nos apagaban la calefacción para no gastar. Yo no entendía nada.
-¿A qué se refiere?
-Yo era feliz con mis padres y mis hermanos y de repente todo cambió, mataron a mi padre y no lo entendí. A partir de ahí todo fue hostil. Me sentí abandonada.
-¿Cuándo recuperó a su madre?
-La hermana de mi madre vino a visitarnos y se dio cuenta de la vida precaria que llevábamos, pero mi madre no pudo conseguir el dinero suficiente para reunirse con nosotras hasta el año 87.
-Y una vez juntas, ¿de que vivían?
-De día mi madre hacía de canguro para niños y de noche trabajaba en un periódico apilando diarios.
-¿Por qué estudió Derecho?
-Mi padre no pudo defenderse, y en Estados Unidos era posible hacerlo.
-¿Ha vuelto a Irán?
-Solo una vez, en 1995. Fui con mi madre a visitar a mi tía. En el departamento de Inmigración comenzaron a interrogarme: "¿Dónde ha estado los últimos 16 años?" Cuando les expliqué que era abogada, me espetaron: "¡Ese no es un empleo para mujeres!". Fue increíble, fuimos a un hotel moderno de Teherán y no nos dieron habitación porque éramos dos mujeres solas. -¡...! -De acuerdo con la ley, no podíamos hospedarnos sin el permiso de un hombre de la familia. Tuvimos que ir a la comisaría a que nos hicieran una carta de autorización para pasar un par de noches en un hotel. Por supuesto, en la comisaría mi madre mintió: dijo que había quedado con su marido dos días más tarde en ese hotel.
-¿Han cambiado las cosas en Irán?
-Todavía hoy no está permito a las mujeres pintarse los labios y están prohibidas las fiestas y reuniones en las que se mezclen chicos y chicas que no estén casados. En mi país manda el líder religioso.
-¿Y los universitarios obedecen?
-Se celebran fiestas clandestinas. Las chicas llegan con el chador y debajo llevan el maquillaje, la minifalda, y los tacones en el bolso. Saben que si las descubren recibirán 30 o 40 latigazos, pero les da igual.
-¿Por qué no se ha casado?
-Mis padres me inculcaron que debía ser independiente económica y moralmente. Me he centrado en mi carrera y ya sabrá que en Nueva York es dificil encontrar a un hombre capaz de mantener un compromiso. Y quizá también influya mi experiencia: por el hecho de que mi padre desapareciera me cuesta confiar en los hombres.
-Las elecciones del próximo viernes, ¿pueden cambiar algo?
-No, hasta que el poder legislativo no se separe del religioso, no hay nada que hacer.