Cuanto más machos, más desgraciados

LLUÍS AMIGUET l Barcelona

Tengo 51 años: llevo 22 asesorando a la ONU y a los gobiernos en la lucha contra el sexismo. Soy el fundador de la campaña mundial del lazo blanco contra las agresiones a mujeres: los hombres no podemos callar. Soy canadiense. Casado, dos hijos. Participo en el seminario sobre violencia doméstica de la Diputación de Barcelona

-¿Se ha dado usted cuenta de que lo peor que le puede llamar a un hombre es "mujer"?
-Cierto. El insulto hiere al hombre en su ego porque, alienado, confunde el sexo con el género. Al llamarlo "nena" no ponen en duda su sexo, sus genitales, sino su género: lo que ellos creen que es ser hombre, que no es un hecho biológico, sino una construcción cultural, una mentira milenaria...
-¿Y qué...?
-Que esa mentira les hace a los que le insultan y a usted profundamente desgraciados.
-¿De verdad?
-Los hombres, para seguir siéndolo, estamos condenados a llevar una armadura invisible día y noche que no deje fisuras por las que se cuelen la debilidad, la ternura, la empatía, y te quita el derecho a ser débil y a fallar y a llorar y a no tener que imponerse...
-Una armadura muy pesada.
-Sí. Basta ver cómo se abrazan enternecidos dos borrachos para darse cuenta de la enorme represión de sus afectos o, en los casos más aberrantes, cómo puede llegar a golpear un hombre a una mujer para experimentar una sensación momentánea de control y poder. Esa coraza que nos castra sentimentalmente nos la coloca la sociedad patriarcal desde pequeñitos. Se llama "ser
hombre".
-Lo de Kipling... ¿Y desde qué edad dice?
-No lo digo yo, lo dice Sigmund Freud. Desde los cinco añitos, más o menos. A esa edad el niño se sabe varón y, al mismo tiempo, sufre una larga dependencia: no puede hacer nada solito. Para superarla tiene una fantasía de poder. Fantasea tener unos superpoderes que le harán mayor...
-... Si sólo es una fantasía...
-Lo malo es que esa fantasía que le hace "hombre" anula virtudes esenciales en todo ser humano: el placer de cuidar de otros, la empatía, la compasión, la sensibilidad... Las percibe como obstáculos para el poder viril y las reprime porque cree que frenan la realización de esa quimera de dominio masculino.
-¿Y las niñas qué?
-La niña en su fantasía cuida de los demás y de sí misma. En nuestra sociedad infantilizada y patriarcal el niño concibe el poder viril como el poder de controlar cosas y a otras personas, no como el poder de dar o de crear que celebra la vida, que es femenino. Y esa fantasía viril anula el placer de mimar a los otros, de nutrirlos y la posibilidad de ser débil, de necesitar a los demás, de compartir el sufrimiento. El niño, si quiere mandar como papá, descubre que debe ser un duro sin emociones, un jefe solitario.
-Clint Eastwood.
-Su sino es sufrir en silencio, porque el niño debe aprender represión y autodominio: no tendrá miedo, aguantará sin queja sufrimientos y penurias, pero sobre todo conseguirá que le obedezcan seres y elementos.
-¿Tanto?
-Sí. Los hombres somos seres inseguros e insatisfechos porque perseguimos esa quimera de dominio aberrante y al fin fracasamos. Nunca tenemos bastante poder para realizar esa fantasía, pero nunca confesaremos que hemos fracasado. Si es un granjero, la fantasía se realiza dominando animales y plantas, si un ejecutivo urbano, produciendo beneficios y haciendo trabajar a otros... Si eres banquero, tienes que conseguir un banco más grande, si deportista, una copa mayor...
-Algunos son triunfadores.
-Algunos se engañan. Por eso existe el espejismo de los triunfadores supermachos, Ese fracaso íntimo es doloroso y lo llevamos en silencio, nos hace también muy solitarios y, paradójicamente, muy dependientes e incapaces de cuidarnos a nosotros mismos.
-¿Y la sana camaradería?
-Justo. Los hombres pueden tener colegas, compinches o camaradas, pero no tendrán jamás la profunda complicidad emocional que alcanzan las mujeres. Nosotros no nos la permitimos a nosotros mismos. De hecho, los templos de la masculinidad evitan la comunicación real entre personas. Tenemos terror a comunicarnos de verdad y a confesar que hemos fracasado, que no podemos dominar el mundo. El Gran Teatro del Macho debe continuar.
-¿Y usted qué? ¿Lo ha superado?
-Yo he descubierto que para liberarme debo acercarme a valores femeninos que negaba. Eso no quiere decir que rechace mi sexo, al contrario, lo amo. Sólo quiere decir que rechazo mi género, la imagen del macho que me han impuesto desde pequeño y sobre todo la misoginia y el maltrato a la mujer.
- Podemos ser más o menos machistas, pero de ahí a pegar a las mujeres...
-El silencio es cómplice. No podemos callar ante el maltrato a mujeres. Debemos hacer explícita nuestra condena. Y eso es lo que pido ahora, que no nos callemos, que los hombres denunciemos el maltrato a las mujeres de manera explícita. Por eso viajo por todo el mundo defendiendo la campaña del lazo blanco contra el maltrato femenino.
-¿Y tiene éxito?
-La campaña nació en 1989 en Canadá después de que un joven rechazado en la escuela de Ingeniería asesinara a 14 mujeres a las que culpaba de su fracaso.
-¡Vaya psicópata!
-Estoy sorprendido de las ganas que tenemos de quitarnos la armadura. Hace poco pude ver en Canadá cómo los mineros salían del pozo ennegrecidos, pero con el lazo blanco contra el maltrato en su pecho. Incluso en países de moral medieval: en Pakistán he conseguido apoyos después de que un abogado, Mufti Ul Hak, fuera a la cárcel por defender la campaña. Los propios presos se amotinaron para que lo soltaran.