"Dona amb matxet"

El Periòdico.(12/05/08)

Una viuda mexicana lucha por un rancho que ella levantó y que los hijos de su marido le han quitado
• Extorsionada, estafada por sus abogados y amenazada de muerte, Elusaí resiste


Luchadora Elusaí Mendoza cocina chicharrones tras matar un cerdo, en la sierra de Veracruz. Foto: REBECA SALOMÓN
TONI CANO
VERACRUZ
El nuevo virus gripal ha venido a complicar aún más la agitada vida de Elusaí Mendoza, una mujer de la sierra del estado mexicano de Veracruz. Es una viuda que defiende machete en mano su rancho y animales, mantiene una huerta de frutales, lucha y litiga por lo cree que debe heredar su hijo, aún menor de edad, frente a los hijos anteriores del finado que tratan de usurpar la tierra que ha trabajado desde niña. Todo un personaje, de gran fuerza, que deja como rasgo menos relevante una belleza singular adornada con una cabellera que, suelta, le arrastra por el suelo.
Elusaí vive y mantiene a la familia al matar cada día un cerdo que vende en un puestecito a la puerta de su casa. Y estos días lo tiene crudo. La contingencia sanitaria no debería afectarla, pero poca gente le compra en medio de la psicosis. Y la agarró con los corrales llenos. Un desastre más, que se añade a la sarta de peripecias vividas desde hace año y medio, cuando murió don Toño, como ella sigue llamando al hombre que se la llevó a los 15 años. No tuvo un marido, "sino un dios y un capataz". Y mientras lo enterraba, "los tres hijos anteriores de don Toño ocuparon el rancho y remarcaron el ganado".

Niños bien
Cumplido el novenario, fue para allá. El despojo estaba consumado y la "echaron con los machetes en alto". Ellos son niños bien que ya se pulieron las tierras que su padre les dejó en Michoacán. "Tenían 24 años de no darle ni un vaso de agua a su padre, 18 años sin ni siquiera llamarle. Se quedaron en la etapa de niños junior --dice Elusaí--. No saben de la necesidad ni el trabajo, no saben lo que es sufrir, cocinar con una leña mojada, que se le seque a uno la ropa en el cuerpo". Ella vendió leche, hizo queso, vendió leña y, al embarazarse, empezó a matar cerdo. "Yo trabajaba, pero el dinero era para don Toño, mis respetos".
La mayoría --90 de los 100-- de los colonos de la comunidad de La Magdalena, en la faldas de la sierra de Santa Marta, firmó un documento certificando que fue Elusaí quien levantó y trabajó ese rancho desde hace más de 20 años. De tales lugares "no hay títulos, escrituras ni nada; la posesión la da la propia comunidad". Pero Elusaí se perdió en la "madeja de la justicia" y el dinero se le fue en abogados. "Los licenciados me piden de entrada 5.000 o 10.000 pesos 287 o 570 euros. Y ya van tres. Al primero le di el dinero en México, dijo que vendría y ni lo he vuelto a ver".
Sus enemigos, como los llama, fueron más directos. "Un día, cuando iba a comer como a las cinco de la tarde, suena el teléfono". El agente municipal le dice que la policía entró en el rancho y se llevaron esposados a su padrastro y los trabajadores. "Me extorsionaron muy feo para liberarlos. Me pedían 300.000 pesos (casi 17.000 euros), una cantidad que ni conozco. Conseguí una quinta parte de eso y los liberaron en 15 minutos. Decían que guardábamos allí armas y marihuana, que éramos narcos, imagínese usted". Elusaí desgrana sus problemas sin dejar de tortear las bolas de masa que va convirtiendo en tortillas de maíz.
Otro día intentaron llevarse el ganado vacuno, que, en realidad, ni siquiera le pertenece, ya que solo lo engorda. Otra llamada telefónica que la llevó volando hasta el camino del rancho, sola, porque nadie quiso acompañarla. Atravesó la camioneta en una curva y, machete en mano, a golpes y gritos, frenó el avance de la manada. "No podía dejar pasar ni un becerro si no quería que se me fuesen todos". Le arrancó el caballo al que arriaba por delante. "Ya montada, volteé el ganado. Iba tan enojada que los usurpadores se metieron también en el rancho".

Cavando su tumba
Si su mamá no le hubiera dejado "un pedacito de tierra, ahora no tuviera nada". Allí hizo Elusaí un vivero y un vergel, con innumerables frutales y un pequeño cafetal. Los cerdos, ni ella se los come, porque pertenece a la Iglesia de Dios Israelita. El rancho, hipotecado, es tan grande --200 hectáreas-- que habría para todos, pero ellos no solo no se avienen a negociar, sino que la han amenazado de muerte. "Hasta fueron al bar y, al calor de las cervezas, pusieron precio a mi cabeza: 40.000 pesos unos 2.300 euros. Vea qué poquito valgo. Pero no vea el miedote que tengo", dice con una carcajada.
Luego, Elusaí Mendoza, seria, confiesa que lleva un año y medio que no respira. Que va cavando su tumba. Y suspira: "Ahora, encima, me han mandado matar".