El salto hacia la modernidad y la igualdad de sexos es irreversible en España

ENRIQUE ARIAS VEGA l Periodista

Una película afgana, Osama, acaba de ganar la Espiga de Oro del festival de Valladolid. Su director, Siddiq Barnak, narra la historia real de una niña disfrazada de niño para poder salir de casa y trabajar bajo el terrorífico régimen machista de los talibanes.

Este tipo de sucesos no es nuevo. La actriz Barbra Streisand protagonizó y dirigió en 1983 un filme parecido, Yentl, en el que una joven a caballo de los siglos XIX y XX tenía que camuflarse como varón a fin de estudiar las normas religiosas del Talmud contra la prohibición expresa del integrismo judaico. Lo peor de éstos y de otros casos es que no son relatos de ficción.

Derrotados los fundamentalistas talibanes, las mujeres de Afganistán siguen en su mayoría recluidas hoy día en el aislamiento hogareño, con su visión del mundo limitada por el ominoso burka que cubre su rostro. Por eso tiene doble mérito el desafío de Vida Samadzai al desfilar en biquini en el concurso Miss Tierra como representante de sus congéneres afganas.

En las sociedades desarrolladas y modernas, como la nuestra, no se produce, por supuesto, la monstruosidad de los matrimonios forzosos, ni el cruel ritual de la ablación o el confinamiento doméstico de por vida de las mujeres. Tampoco hay aquí alguna Safiya Husaini por la que movilizarse para evitar que sea horriblemente lapidada en Nigeria por adulterio. Menos aún se asesina a ninguna Akila Al-Hashimi por pertenecer al Consejo de Gobierno Provisional de Irak y, sobre todo, por el agravante de haberlo hecho siendo mujer.

La ausencia de prácticas tan salvajes y primitivas no debe llevarnos a creer que somos mejores que otros, dada la repetida y horripilante violencia machista en nuestro país; la discriminación laboral de la mujer, con salarios un 30% inferiores a los de los varones, y su dificultad de acceso a puestos de poder. Si Esperanza Aguirre es la única mujer que preside hoy en día una comunidad autónoma, también sólo hay una, por ejemplo, en el consejo de administración del Banco Santander Central Hispano: Ana Patricia Botín, precisamente la hija del jefe. ¡Para que luego hablemos de igualdad de oportunidades!

Antes era peor, claro. Cuando aún no estaba vigente nuestra Constitución de 1978, que ahora algunos pretenden poner en entredicho, el papel jurídico de la mujer era el de un ciudadano de cuarta división, por expresarlo sin mayor acrimonia. Hasta la década de los años 60, la esposa debía obtener la autorización de su marido para realizar las actividades mercantiles más elementales recogidas en el Código Civil y en el Código de Comercio. Aún más: el marido podía matar impunemente a su mujer "si la hallare yaciendo con otro". Eso sí, debía hacerlo en el acto, llevado del irreprimible furor del momento, y estaba obligado a liquidar también al amante. El Código Penal, siempre tan metódico y quisquilloso, establecía esa cautela para evitar que algún amigo del marido se prestase en connivencia con él a un enjuague para dejarle felizmente viudo.

Todo esto que aquí se cuenta no es ciencia ficción, sino que corresponde a nuestra historia colectiva más reciente. Aún hasta 1975 nuestro ordenamiento jurídico establecía taxativamente que "el marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido". Tal cual. Afortunadamente, las mujeres españolas de hoy han dado el salto irreversible hacia la modernidad y hacia la igualdad de sexos. Ocupan ya la mayor parte de los puestos en las aulas y obtienen mejores notas académicas que sus acomplejados compañeros masculinos. Pedagogos, psicólogos y sociólogos reconocen que la desventaja histórica de la que han partido ha hecho a nuestras féminas más conscientes, más exigentes y más ambiciosas, en el mejor sentido de la palabra, que los abúlicos machos tradicionales en evidente regresión.