La Regulacion del negocio sexual. El modelo nórdico.
Maricel CHAVARRÍA l Estocolmo
Ulfson tiene 33 años. Vive con su novia y su hijo, y acude cada día a su oficina cercana a una de las calles de Estocolmo donde - a pesar de la ley sueca que criminaliza la compra de sexo- todavía se puede encontrar prostitutas. Pero Ulfson no ha ido personalmente en busca de ninguna. Las contrata por internet. Ni siquiera es imprescindible citarse: puede pedirle a una jovencita que se desnude y haga lo que él quiera frente a la webcam. También es efectivo para sus fines masturbatorios. No es algo de lo que se jacte pero tampoco lo ve tan negativo como pretende la ley en su país.
La Asociación Sueca para la Educación Sexual (RFSU) no está tan segura - como lo está su Gobierno- de que penalizar la compra de sexo tenga un impacto en la actitud de los jóvenes frente a la prostitución. "¿Cómo pueden saber con certeza que los que antes contrataban a prostitutas en la calle al salir de la oficina no lo hacen ahora a través de internet?", se lamenta Katarina Lindahl, secretaria general de esta organización que lleva décadas luchando por que los miembros de la ONU se despierten un día interesados en la educación sexual.
Lo sorprendente, para Lindahl, es que su Gobierno no deja de alabar la ley, sin evaluar, dice, sus resultados: "Se limitan a decir que tenemos menos prostitución que antes y olvidan que la media se implantó cuando la sociedad experimentaba un cambio: internet está ahora en todas las casas y todo el mundo tiene un móvil. En los 70 ya discutimos acerca de una ley así pero decidimos que no, que pondría en peligro a la prostituida al llevarla a la clandestinidad, pero es que ahora, con internet hay muchos tipos de prostitución. La situación es mucho más complicada y necesita soluciones más complejas que pedir a la policía que atrape consumidores".
Jóvenes y casados
Esta educadora, que confiesa haber sido escéptica desde un principio, lamenta que la ley se limite a decir que no es conveniente prostituirse, sin preguntarse, advierte, quién se vende y por qué, ni quién compra y por qué. En Suecia no existen graves problemas económicos que empujen a la prostitución, ni los hombres compran porque tengan dificultades para encontrar mujeres, pues la mayoría de los clientes son jóvenes casados. "No podemos reducirlo todo - apunta Lindahl- a que los hombres tienen más poder que las mujeres en la sociedad y es por eso que existe la prostitución.
En nuestros programas de grupos de jóvenes de ambos sexos comprobamos que lo que hay es dificultad para intimar, algún tipo de trauma infantil, no necesariamente relacionado con la sexualidad. Tienen verdadero miedo a relacionarse estrechamente, y eso no lo resuelve una ley".
¿La solución? Una mejor educación sexual y por la igualdad. Todos pueden estar de acuerdo con este axioma en Suecia - un país con 50 años de educación sexual en las escuelas-, pero, para Lindahl, lo esencial es lograr que los jóvenes varones y sus padres se involucren en la discusión sobre la prostitución: "Definitivamente hay que cambiar la perspectiva planetaria de que los hombres tienen derecho a conseguir sexo de las mujeres y hacer lo que les gusta, pero no podemos limitarnos a decirles con una ley que son horribles si actúan así; hay que darles la posibilidad de formular preguntas y ser parte de la discusión desde su propia condición y no sólo desde la de las mujeres".
Lo único que la RFSU alaba de esta ley es que, tras siglos de discutir únicamente si se criminaliza o no a la prostituida, pone en el punto de mira a la demanda. Aun así, alerta de que la policía - "la única que ha recibido dinero en este programa"- sigue teniendo que localizar a las mujeres si quiere atrapar a los clientes. "Hoy no se considera políticamente correcto en Suecia cuestionar esta ley - denuncia Lindahl-. Si esta legislación funciona, mantengámosla, pero necesitamos otras herramientas simultáneas. También apoyo social para que las prostitutas puedan cambiar de vida, si quieren. Lo que es peligroso es que no se discuta al respecto".
Más drásticos que la RFSU son, evidentemente, los colectivos de prostitutas. La antropóloga Petra Ostergren, una analista del discurso feminista sueco sobre sexualidad, violencia y poder - y durante años instructora de defensa personal para mujeres-, se ha hecho eco de estas quejas y lamenta que una ley que quiere protegerlas sólo consiga, en su opinión, discriminarlas aún más.
Estas mujeres, que reivindican seguir ejerciendo, dicen sentirse menos seguras teniendo que acudir a un hotel sin haber calibrado el aspecto del cliente. Ahora confían menos en la policía cuando han sido víctimas de abusos por parte de un cliente. Algunos, dicen, son reticentes a usar condón por temor a que pueda ser prueba del delito. Además, acusan al Gobierno de manejar cifras irreales sobre la violencia que sufren para justificar "una ley paternalista" que las victimiza y se concentra en multar a los clientes en lugar de darles apoyo social.
Rosinha Sambo, la prostituta que insistió en ser aceptada por la dirección de Impuestos como empresaria de su actividad para dejar en evidencia al Gobierno sueco - acusándole de doble moral-, no deja de alertar de lo peligroso que es hoy vivir de la prostitución en Suecia. "Ya no sabemos cómo ejercer nuestra profesión - decía hace unos meses-. Es una ley que no nos sirve en absoluto, el Gobierno quiere readaptar a las trabajadoras del sexo como si fuéramos apestadas que pudiéramos contagiar una enfermedad".
Feminismo de clase media
Gobernado por una coalición de socialdemócratas, izquierda y verdes, el Ayuntamiento de Estocolmo tiene un programa de familias que acogen a mujeres víctimas de tráfico o jóvenes perseguidas por cuestiones de honor familiar. Pero la burocracia no deja de ser un problema: muchas prostitutas que ejercen aquí viven fuera de la ciudad y el Ayuntamiento no puede ayudarlas. Además, la política de igualdad del Consistorio se centra demasiado en problemas de la clase media...
Pro-Centro, una ONG financiada con fondos públicos que trabaja con prostitutas y drogadictas desde 1968, rastrea aún calles y bares donde se concentran para ofrecerles información y ayuda. A este centro, acogedor y perfectamente equipado, acuden unas cien pacientes al año, que son atendidas por una ginecóloga, una enfermera, una psiquiatra y tres terapeutas. Una de ellas, Lisen Lindström, para quien esta ley es un acierto por el cambio de actitud que plantea, afirma que tienen unas 40 pacientes que siguen terapia. "Nunca te dicen ´soy una prostituta´, y si se lo preguntamos es de forma casual y sin juzgarlas - explica-. Tienen problemas de depresión, trastornos de la alimentación, fobias, pesadillas. La mayoría separan sentimientos y conducta. Comienzan a unirlos y al cabo de un tiempo... es duro. Son buenas actrices. Si sólo ves la superficie no puedes comprenderlas. Al cabo de tres o cinco años de terapia pueden tener una vida muy distinta...".