Unas jornadas en Barcelona revelan las difíciles condiciones en que trabaja la mujer en el mundo rural

MARICEL CHAVARRÍA | LUCIA MAGI

Conquistar cuotas de poder femenino ya es difícil, pero conquistarlas en el mundo rural raya la ciencia ficción. Tiempo les ha costado a las mujeres que se les reconozca su papel históricamente primordial en la seguridad alimentaria de los pueblos, encargadas como han estado de custodiar las semillas y, por ende, la biodiversidad. De hecho, actualmente el 80% de la producción, transformación y preparación de alimentos está en sus manos. La perspectiva de género ha impregnado algunas políticas para que las mujeres rurales tengan iguales oportunidades laborales, políticas y culturales. Pero todo su poder es papel mojado cuando irrumpen los procesos productivos, dirigidos sobre todo a la exportación, con el consiguiente peligro para los mercados locales y la expulsión de las mujeres del sistema remunerado. Ésta es al menos una de las conclusiones de las jornadas internacionales sobre Dones, globalització i món rural celebradas en Barcelona.
Y este fenómeno no es exclusivo de los países en vías de desarrollo. A pesar de que el 37% de la mano de obra agraria de la UE es femenina - con la Europa de los 25 ya es un 55%-, la agricultura sigue considerándose un mundo de hombres. En Portugal, las mujeres dirigen el 60% de las explotaciones de menos de cinco hectáreas, y en Finlandia, prácticamente la mitad de la mano de obra rural es femenina. Aun así, son los hombres los principales beneficiarios de las ayudas a la producción de los fondos estructurales.
La política agraria europea no reconoce los derechos de las mujeres que trabajan en explotaciones familiares con un único titular: es decir, su marido o compañero. Así, por ejemplo, en Galicia las labriegas chocan con dificultades para acceder a ayudas públicas o participar en derechos de explotación.