| "Nuestro
segundo nombre es Soledad"
IMA SANCHIS
Tengo 61 años. Nací y vivo en Buenos Aires. Me he casado
tres veces y tengo tres hijos. Dirijo talleres psicológicos de
reflexión con mujeres. Creo en la solidaridad y en el reparto equitativo.
Soy atea. Doy un par de seminarios sobre género en las universidades
de Córdoba y Huelva. He publicado cinco libros con la editorial
Paidós.
Veinte años reflexionando con grupos de mujeres...
-Sí, y me he dado cuenta que las mujeres son grandes negociadoras
a la hora de defender intereses de otros, pero que son incapaces de defender
los propios deseos.
-La palabra negociar suena mal.
-Pero la vida cotidiana está llena de diferencias. La pretendida
afinidad total con los que nos rodean es una entelequia que provoca que
acabemos cediendo espacios para evitar negociar. Ante la ineludible necesidad
de resolver diferencias sólo hay tres alternativas: imponerse,
ceder o negociar.
-Negociar es la alternativa menos violenta.
-Sin duda, negociar es buscar alternativas para hallar soluciones que
tengan en cuenta las necesidades de las partes.
-¿La mujer prefiere ceder?
-La necesidad de ser querida por su entorno, el miedo a no serlo y la
pretensión ilusoria de garantizarse ese amor satisfaciendo los
deseos ajenos forman una tríada persistente con la que muchas mujeres
justifican cualquier autopostergación.
-¿Primero los otros y luego ellas?
-Sí, y la postergación de los propios deseos es el coste
de evita negociar. Muchas mujeres confunden solidaridad con altruismo.
-Dígame la diferencia.
-Ser solidario no consiste en ceder espacios y aspiraciones legítimas,
sino en repartir equitativamente tanto los inconvenientes como los beneficios.
-Entonces, la solidaridad es reciprocidad.
-Los dos dan y los dos reciben. El altruismo, en cambio, supone un vínculo
en el que uno da y otro recibe, y eso deforma cualquier relación.
Sólo es comprensible con niños pequeños o con personas
muy necesitadas.
-Para usted, negociar va más allá de quién friega
los platos.
-Sí, o de quién acaba el trabajo urgente en la oficina.
En el fondo, lo que está en juego en cada una de las negociaciones
cotidianas son dos recursos claves de la vida humana: el tiempo y el espacio
que necesitamos para crecer y desarrollarnos, para no frustrarnos.
-Para negociar hay que ser autónomo.
-Es imprescindible; y la autonomía interior pasa por no sentirse
en situación de dependencia de otros.
-Todos tenemos dependencias afectivas.
-Sí, pero una cosa es que te guste que te quieran, y otra es pensar
que si el otro no te quiere, tú no eres nadie.
-Suena terrible.
-Tenemos que querernos primero a nosotros mismos para que otros nos quieran.
Tenemos que hacernos cargo de nuestra propia valoración, de nuestras
propias necesidades.
-No hay que darle la autoridad a otro.
-No, pero la damos. Muchas veces las mujeres, más que pedir opinión,
piden permiso, y lo hacen de muy variadas formas.
-Parece que estemos hablando de una guerra de poder.
-Estamos hablando de poder hacer lo que quieres y sientes que necesitas,
y para eso se requiere espacio y tiempo. Las luchas de poder en la pareja,
de dominio de uno sobre el otro, surgen cuando no se ha explicitado que
los dos quieren espacios propios y espacios comunes, y lo que no se explicita
se actúa.
-¿Cuál es la pregunta clave?
-Ambos deberían preguntar: ¿qué quieres de mí?
-Y a usted, ¿qué es lo que más le ha costado entender?
-Ser lo que soy y saber más quien soy. Debemos aprender a desprendernos
de la protección de los papás y mamás simbólicos
y reales para saber que uno se protege a sí mismo. Aunque lo olvidemos,
hace tiempo que dejamos de ser niños. A menudo las mujeres tratan
a sus parejas como si fueran hijos, pero los reclaman como padres.
-Qué lío.
-... Y los hombres reclaman a sus parejas como madres y las tratan como
a hijas.
-¿Eso forma parte de los fantasmas?
-Sí, y el peor de ellos es la pretensión de amor eterno.
Creemos que amando de forma incondicional lograremos amor incondicional.
La pretensión de garantías, en la que muchos seres humanos
insisten, es tal vez la creencia
ilusoria más ilusoria de todas.
-Bondad no es incondicionalidad.
-No lo es, pero hay muchas mujeres que se lanzan al mundo ofreciendo su
complacencia e incondicionalidad, seguras de recoger a su paso el amor
merecido que justifique tanta entrega. Esa ilusión no puede ser
más frustrante.
-Todos tememos la soledad.
-Un amigo me dijo una vez: "Mira, Clara, nuestro segundo nombre es
Soledad. Tú te llamas Clara Soledad, yo me llamo Renato Soledad".
No se trata de la soledad del abandono o el desamparo, es mucho más
profunda, es la soledad de lo intransferible.
-Dura de asumir.
-Sí, porque los mitos terroríficos que se tejen alrededor
de la soledad se suman a los temores infantiles. Pero las decisiones que
tomamos, ya sea por opción o por omisión, siempre son nuestras
y son el resultado de un momento de soledad. Negociar es ser consciente
de que el otro no forma parte de ti, sino de que está junto a ti...
¿y por tanto?
-... no le puedes transferir tus decisiones.
-El acompañamiento no consiste en que alguien ocupe nuestro lugar,
sino en que esté a nuestro lado para ayudarnos a consolidar el
espacio que anhelamos. Simbólicamente es como perder a "la
madre incondicional" que deseamos y, al mismo tiempo, dejar de funcionar
como tal. Es aceptar una forma de orfandad, aceptar que nuestro segundo
nombre es Soledad.
"Nuestro segundo nombre es Soledad".
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