Ana Falú, directora regional del FDNUS
Núria ESCUR l Barcelona
"Nací hace más de 50 años, en Tucumán. Casada, reincidente por segunda vez, tengo dos hijos y dos nietos. Soy directora regional del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer. Y de izquierdas. Trabajo para mujeres, mi vida ha estado llena de hombres. Me gustaría creer en Dios, pero él no hubiera repartido tan mal.
P- Una joven estudiante de Arquitectura metida en política
- Esos son los caminos por los que te lleva la vida. Un día me di cuenta de que la vivienda era un derecho fundamental y que en muchos países no se habían enterado...
- De ahí a profesora universitaria. ¿Confía en las nuevas generaciones?
- Soy muy optimista. Lo que me gusta de ellos es que te colocan ante un espejo: te preguntan, te cuestionan. Es lindo motivarlos.
- Con 25 años y dos hijos tuvo que exiliarse.
- Era el año del golpe. Recuerdo esa época con mucho dolor. Yo, llevando de la mano a mis dos hijos, y dejando todo atrás... Pero, ¿sabe? ¡creo que les gané a los militares argentinos! Ganó la vida con mayúsculas.
- ¿Generó odio?
- Generé sentimiento de quiebra. El desarraigo es algo que nunca eliges.
- ¿Qué le brindó Europa?
- Holanda me pareció un paraíso de libertades. Descubrí un país que redistribuía la riqueza y eso era algo desconocido para mí. ¡Eso era lo que yo quería para mi país! Luego viajé mucho y encontré la pobreza.
- ¿Qué ha aprendido de todas esas mujeres jóvenes y pobres de América Latina?
- Aprendí el milagro de lo mestizo, esa tremenda fuerza que les lleva a superar las cosas. A no resignarse. En las comunidades indígenas esas mujeres me enseñaron lo que era, de verdad, el coraje.
- ¿En qué país de América Latina resulta más estigmatizante, hoy por hoy, ser mujer?
- En todos conviven, piel con piel, lo más avanzado del desarrollo y unas enormes bolsas de miseria. Ese es el gran drama.
- Ustedes le llaman inequidad.
- La pobreza de África la encuentras en cada país de América Latina.
- Colombia le aterroriza especialmente.
- Allí hay sectores, en pleno conflicto armado, donde ser mujer es mucho peor que en cualquier otro sitio. Y si además eres negra o indígena, entonces se suman los sufrimientos y las vulnerabilidades.
- Usted prefiere trabajar con mujeres a pie de calle que con intelectuales.
- Por supuesto. Cada una de ellas es una historia que me enriquece. No quiero intermediarios intelectuales. Le daré un ejemplo paradigmático: vi mujeres capaces de caminar entre seis y ocho kilómetros diarios sólo por ahorrarse el uso de un transporte público y entregar ese importe a sus hijos.
- Les guía un sentimiento universal.
- Le confieso que de eso me convencí después de analizar muchas historias de mujeres. Siempre confluía algo: en la mayoría de los casos tenían muchos hijos, a veces de padres distintos que se habían zafado de sus responsabilidades. Sin cobertura médica o sin agua, afrontaban el día con un coraje asombroso. Entonces entendí el truco.
- ¿Qué truco?
- La existencia de los hijos las ataba casi telúricamente a la tierra. Pelean por ellos lo que no pelearían por ellas.
- Cuando su grupo de trabajo entraba en una favela, ¿cómo le recibían los hombres?
- Con altísima desconfianza. Supongo que pensaban: "¿para qué van a reunirse las mujeres?, ¿para qué perderán el tiempo?".
- Había represalias.
- Algunas recibían palizas de sus compañeros, les pegaban por hablar con nosotros. Hay que entender que actuaban muy marcados por una cultura que hay que deconstruir.
- ¿Qué acto de violencia le repugna más?
- La peor violencia es la ejercida por alguien a quien amaste. La que se encuentra cada día en el ámbito más íntimo, el doméstico. Ese que afecta también a las clases altas.
- Una tortura que no la haya dejado dormir.
- La que vi en los cuerpos de las mujeres durante la dictadura militar. Ya no eran cuerpos, eran valores de cambio, carne. No comprendo la barbarie humana, mucho menos la cotidiana. Pero creo que los hombres jóvenes ya están cambiando.
- Han aprendido a pactar.
- Y ya no les exigen a ellas esa virtud que gustaban ostentar: la abnegación, ¡Por favor! no quisiera que se aplicara ese calificativo a ninguna mujer del mundo.
- ¿Qué hacen en los aeropuertos de Brasil?
- Instalan unos dispositivos en los lavabos de los aeropuertos para evitar el secuestro y tráfico de mujeres. Les alertan: "Ten cuidado, te van a secuestrar" o "No te creas nada de lo que te prometen". También en las terminales de ómnibus.
- ¿Qué historia les venden?
- Que van a ser modelos fantásticas. Y acaban siendo esclavas sexuales. Son chicas muy jóvenes, con legítimas ambiciones de mejorar su situación .
- ¿En qué nos equivocamos?
- En culpabilizarlas. Viven en el infierno y si de milagro consiguen escapar de la red, no pueden volver a su casa. Las rechazan.
- ¿ Logran olvidar su historia?
- Logran olvidar su identidad. Lo pierden todo. Al cruzar la frontera las bautizan con el peor insulto: las desplazadas.
- ¿Y si no son blancas?
- Peor. Brasil es el país con más población negra después de Nigeria. Este es un dato que conoce muy poca gente. Una mujer negra en Brasil gana ¡cuatro veces menos! que un hombre por el mismo trabajo.
- ¿Un estereotipo que erradicar?
- El que dice que las negras son más calientes, como si eso fuera un permiso de entrada gratuito.
- ¿Conoce hombres feministas?
- El mío. Y no porque defienda la igualdad entre hombres y mujeres, sino porque defiende la igualdad entre seres humanos.