Las mujeres viven más, pero gozan de una salud más precaria que los hombres en el tramo final de su vida

SANDHI BARRETO e IRENE HOSKINS

Las personas mayores no constituyen un grupo homogéneo. Cabe advertir, en especial, que hombres y mujeres envejecen de modo distinto. En el capítulo de las diferencias entre sexos en lo concerniente a la esperanza de vida, cabe consignar que las mujeres son más longevas en todos los países europeos. La brecha hombre-mujer en el apartado de la esperanza de vida alcanza los 8 años de promedio en Europa y los 11 en el Este de Europa. En el 2020, una de cada cuatro mujeres europeas tendrá más de 60 años.

Mientras por una parte las mujeres viven más, también se da la circunstancia de que gozan de una salud más precaria que los hombres en el tramo final de su vida. Las mujeres mayores afrontan un riesgo más elevado de padecer enfermedades crónicas tales como hipertensión, diabetes, osteoporosis, artritis o incontinencia, que suelen resultar en una menor calidad de vida y cierto grado de incapacidad. Si bien determinadas disparidades en materia de salud obedecen a diferencias biológicas, otras se hallan asociadas a diferencias según los sexos concernientes a los distintos papeles y responsabilidades a lo largo de la vida. El género es una noción compleja de naturaleza social y cultural. Las diferencias en las condiciones de vida y de trabajo de hombres y mujeres, en la naturaleza de sus responsabilidades sociales y en sus vías de acceso a los recursos los someten asimismo a distintos riesgos de desarrollar problemas de salud. Por ejemplo, las creencias y convicciones relativas a la idea de masculinidad se hallan profundamente enraizadas en la cultura y desempeñan un importante papel en la configuración de modelos de conducta de los hombres de forma que acarrean consecuencias en el ámbito de la salud. Los factores constitutivos de los estilos de vida como el fumar y beber -así como otros comportamientos de riesgo asociados a tareas ocupacionales de riesgo- han contribuido en gran medida a aumentar el número de muertes prematuras debidas a enfermedades cardiovasculares, cáncer y accidentes entre la población masculina.

Las convicciones socialmente elaboradas son susceptibles de desvalorizar los síntomas que presentan las mujeres mayores a ojos de las instituciones e instancias responsables del cuidado de la salud. No obstante, los datos epidemiológicos muestran de forma persistente que las mujeres mayores padecen afecciones crónicas frecuentemente asociadas con dolor y discapacidad en el último tramo de la vida. La consideración social de los hombres, ampliamente arraigada en su trabajo e ingresos, puede verse afectada de forma seria por la circunstancia de la jubilación, y lo que se experimenta como una pérdida de consideración social con devastadores efectos sobre la salud. Los hombres pueden, asimismo, experimentar más dificultades a la hora de comentar sus problemas de salud y, en consecuencia, aplazar la búsqueda de atención sanitaria hasta que alcanzan las fases más avanzadas de la enfermedad. En el caso de las mujeres, los tradicionales inconvenientes en el acceso a los recursos y la capacidad de decisión sobre ellos, en materia de oportunidades económicas, en el terreno del acceso al poder y la adopción de decisiones en la esfera política son hechos bien comprobados.

El Banco Mundial calcula que en los países industrializados las mujeres ganan alrededor de un 77% de lo que ganan los hombres. También es más probable que las mujeres interrumpan sus carreras profesionales para cuidar de sus hijos y otros miembros de la familia sin que en su caso los periodos de cuidados familiares puedan repercutir en el cómputo de la jubilación. Las jubilaciones de las mujeres son generalmente inferiores a las de los hombres.

Desde el día en que las mujeres mayores enviudan, se hallan más expuestas a la pobreza. En España, entre la población adulta mayor que desempeña funciones de cabeza de familia, se comprueba que el número de personas que vive por debajo del umbral de la pobreza es cinco veces mayor en las mujeres que en los hombres. Aunque la vejez o la edad avanzada no deberían equipararse a la enfermedad y la salud frágil, el hecho del envejecimiento de la población presiona sobre la demanda de atención sanitaria a largo plazo. En todo el mundo, el grueso de la atención a las personas mayores aquejadas de salud frágil sigue siendo proporcionado por la familia. A consecuencia de la mayor esperanza de vida femenina, es mucho más probable que sean las mujeres mayores las que cuiden de sus maridos de edad avanzada que a la inversa. Cuando ellas mismas tienen una salud frágil, puede darse la circunstancia de tener que afrontar sus propias necesidades asistenciales con jubilaciones más bajas y más gastos corrientes.

Se necesita más investigación sistemática para comprender la relación entre pobreza, género y salud en la edad avanzada. Sin embargo, lo que de hecho conocemos puede ayudar a sensibilizar a los responsables políticos para formular políticas más adecuadas y eficaces. Debe prestarse especial atención a los distintos factores que a lo largo de la vida repercuten en la salud y necesidades asistenciales de hombres y mujeres de edad avanzada. La mayoría sólo se puede afrontar merced a una actuación amplia e intersectorial susceptible de modificar los factores determinantes del estado de salud, tal como ha subrayado el documento de la OMS titulado "Envejecimiento activo. Un marco político" (www.who.int/hpr/ageing). En un mundo y una Europa que envejecen no se trata simplemente de un deseo, sino de una necesidad.

S. BARRETO e I. HOSKINS, Movimiento Mundial en pro del envejecimiento Activo, Organización Mundial de la Salud
Traducción: José María Puig de la Bellacasa