“Pensaba que violar a las niñas era normal”
IMA SANCHÍS - Barcelona
No sé mi edad, entre 34 y 36 años. Soy huérfana. Nací y vivo en Camboya. Pertenezco a la etnia phnong. Me vendieron como esclava varias veces. Estoy casada y tengo 3 hijos. Creo en Dios. Fundé y dirijo la asociación Actuar a Favor de las Mujeres en Situación Precaria (Afesip). He dado una conferencia en CaixaForum.
Cómo llegó a la prostitución?
–Recordar mi propia historia me resulta demasiado doloroso. Prefiero hablar del futuro que del pasado.
–Estamos hablando del presente de muchas niñas que viven lo que usted vivió.
–Le contaré la historia de Tomdy. Tenía ocho años cuando su hermana la vendió como esclava doméstica. Sus amos le pegaron tanto que se escapó y volvió a casa.
–¿Y su hermana la volvió a vender?
–Sí, a un burdel donde vendieron su virginidad durante una semana, luego la cosieron y la volvieron a vender como virgen, algo que recordaba con horror. Pasó tres años en distintos burdeles obligada a atender de 10 y 15 clientes al día. Un cliente borracho pasó toda una noche golpeándola y no quiso pagar arguyendo que ella le había robado. La castigaron metiéndola en una jaula.
–¿Enfermó?
–Sí, como todas estas niñas. Cuando ya estaba inservible, con sida y tuberculosis, el proxeneta la abandonó en la calle. La recogí con 11 años y me la llevé a casa. Estaba destrozada, sólo sobrevivió cuatro años. Yo la quería muchísimo, la sentaba sobre mis rodillas y la acariciaba. “¿Por qué ahora que tengo una madre, que puedo ir a la escuela, debo morir?; dime Somaly, ¿por qué Dios no me ayuda?”, me preguntaba.
–¿Qué tipo de relación existe entre padres e hijos para que aquellos lleguen a venderlas?
–No hay relación. No hay comunicación entre padres e hijos de la misma manera que no la hay en la pareja. Entre los matrimonios hay sexo pero no hay amor. Esa comunicación no existe en Asia y menos en Camboya.
–¿Ni siquiera entre madres e hijas?
–No. Si una chica es violada por sus vecinos no se lo cuenta a su madre porque ésta la castigaría. Ahora los jóvenes camboyanos ven mucha pornografía con violencia sexual y luego lo repiten con las chicas del país.
–¿Por qué cree usted que existe esta falta de comunicación entre padres e hijos?
–Yo no puedo contestarle a esta pregunta porque he nacido en ese contexto. Durante muchos años pensé que violar a mujeres y a niñas era algo normal. En Asia no se habla tanto como aquí. Yo tampoco hablo de mis problemas. Por eso intento cambiar a los jóvenes, para que ellos aprendan a expresarse; para nosotros ya es demasiado tarde.
–¿Para esas niñas es normal ser vendidas?
–Sí. A mí también me parecía normal. Los niños viven con el precepto de la obediencia a la madre, ella los ha llevado en el vientre, criado y alimentado. Cualquier sacrificio por la madre es poco. A mí me ha costado muchos años verlo de otra manera.
–¿Cuál es el sentimiento de esas niñas?
–Mucho miedo. Pero están dispuestas a sacrificar su vida no sólo por su madre sino por aquel que les alimenta. En la lengua jemer se dice que si alguien te da un bol de arroz te conviertes en su esclavo durante un día.
–¿Son niñas traumatizadas?
–Están tan traumatizadas que rozan la locura. Sobreviven hora a hora, no van más allá. Aquí la gente planifica su vida: yo todavía no he aprendido a hacer eso.
–¿Qué secuelas tienen estas niñas?
–Yo no creo en los psicólogos, lo digo por propia experiencia. Si los europeos tenéis un problema vais al psicólogo. Si yo tengo un problema y continúo hablando de él sólo consigo revivir la situación y angustiarme. Has de aprender a vivir con tu pasado y con tus problemas y no darles más vueltas.
–¿Cómo es la vida de esas niñas?
–Hay todo tipo de burdeles, de los que tienen tres chicas hasta los que tienen cien. Los hay para pobres, para clase media, para ricos y también burdeles para blancos.
–¿Cómo se las selecciona?
–Una niña con la piel clara acabará en los burdeles más chic y una jemer virgen irá a los burdeles de más categoría; al cabo de una semana su precio bajará pero se quedará en ese burdel durante tres o cuatro meses más y luego comenzará la degradación.
–¿Hasta qué punto?
–En un par de años, cuando las chicas ya están demacradas y con todas las enfermedades de trasmisión sexual que pueda imaginar, pasan a los burdeles de última categoría, los de los taxistas en bicicleta. La mayoría mueren en la calle al poco tiempo.
–¿Conoce el sentimiento de las madres después de haber vendido a una hija?
–Sí, yo también soy madre y he hablado muchas veces con ellas. Me cuentan que sus maridos las violan y las golpean y les obligan a conseguir la comida para la casa.
–Ellas también viven un infierno.
–Exacto, e ingenuamente algunas piensan que su hija puede tener suerte y encontrar a un cliente que la retire. En muchos casos son familias monoparentales de 6 a 10 hijos abandonadas por el padre, que se ha ido con una mujer más joven. A menudo la propia hija está de acuerdo en ser vendida para que su familia pueda comer.
–¿Qué hace su asociación por esas niñas?
–Sacarlas del burdel, darles cuidados médicos y formación. Explicarles que tienen derecho a vivir, a la dignidad y a disponer de su propio cuerpo y, sobre todo, enseñarles a decir ¡no!, porque eso es algo que las mujeres de mi cultura no saben hacer.
–¿En un país en el que ni siquiera sus gobernantes velan por ellas?
–Hace un año y medio que el Gobierno ha empezado a cambiar de actitud gracias al respaldo de los medios de comunicación. Creo que gota a gota se puede derribar un muro.
–¿Lo mejor que le ha pasado en la vida?
–La sonrisa de las niñas después de haber pasado por el infierno.